25 ago. 2016

Aniquilación a dos manos.

Ponerse una pistola en cada mano y levantarlas a cada lado de la cabeza, por si acaso la primera bala no le atina al cráneo y sale volando a la nariz. Llenarse los bolsillos de piedras antes de echarse al vacío con una cuerda amarrada al cuello, por si acaso la soga no está muy apretada. Tomarse una cápsula de cianuro por si acaso el tren no pasa con demasiada fuerza.

Así de dramático, innecesario y deprimente se suele sentir ser artista y escritora a los 26 años. Pero no todo el tiempo, sólo de a ratos, pero los ratos en los que te ocurre, vaya que la pasas mal.

Esta entrada comenzó con la intención de ser pequeña y amable, porque sólo quería hablar un poco sobre mis miedos e inseguridades, con la esperanza de que le sirviese a alguien el leer sobre ellos y a mí misma, para arrancármelos un rato. Pero después, me di cuenta que no iba a ser pequeña ni amable, sino larga y vulgar, porque no podía hablar de esos temores sin mostrarles las raíces, los trozos de terreno donde se sembraron y crecieron hasta volverse parte del paisaje que es mi ser en su totalidad.

Nuestros miedos no nos definen, pero sí son parte de nosotros. Y como tales, no debemos darles la espalda y pretender que no están allí.


Recuerdo que cuando empecé a hacer obra visual, casi a los finales de mis 16 años y cuando era una mocosa con problemas de personalidad (ahora soy una mujer -más o menos- hecha y derecha con problemas de personalidad), mi padre me dijo que lo pensara bien, que los artistas sufrían mucho. Con el tiempo aprendí que no sólo mi papá tenía razón, sino que, además, soy bien masoquista.

El principio fue divertido, lo admito. Empecé a tomarme fotos, a editarlas con photoshop, a sentir padre cada vez que hacia cosas más complejas en las que obvio, mi cuerpo siempre era un pedazo pegado que cumplía alguna función bonita dentro de un esenario imaginario. Luego comencé a enseñárselas a mis amigos, a la gente de la internet, y a todo mundo le gustaba, y decía que hacía cosas muy padres y originales diferentes:


 Hasta que un día, empecé no sólo a ver los portafolios de otros artistas asombrosos en internet que tenían técnicas similares a las mías, sino a darme cuenta de que estaba pasando tres horas haciendo un montón de basura, copiando ideas de otra gente y de que estaba perdiendo un poco de mí misma al no ponerle corazón ni energía a algo que me estaba gustando demasiado hacer. Estaba sufriendo, y un chingo.

Y entonces, le puse algo más a las obras, algo más que ganas y tiempo: sentido y concepto. No era sólo cuestión de técnica. Era el hecho de que no estaba pensando en lo que hacía, en que sólo me sentaba frente a la computadora a picarle al photoshop, en que me tomaba fotos sin pensar en la calidad de lo que estaba mostrando. En el hecho de que yo no sabía nada ni me estaba molestando en aprender. Y, enojada conmigo misma, pero decidida, en cuestión de meses comencé a hacer cosas así:


 Me di cuenta que ya no sólo estaba acompañada por las ganas de hacer algo llamativo para que los demás me halagaran: había encontrado una pasión. Y una a la que le estaba metiendo mi tiempo, mi esfuerzo y mis ilusiones, porque no sólo estaba empezando a tener más presencia, más seguidores en las redes de artistas, sino que ya me estaban invitando a hacer una exposición de mi trabajo. ¡A los 17 años!

Ilusa.

Ilusa, con negritas, gordota y subrayada. La exposición fue un desastre; los montajes, mal hechos; las impresiones, de calidad pésima. Durante todo el show, vi despegarse las fotos de sus cartulinas como hojas de un árbol jodido; el pegamento de primaria que había usado para adherirlas se abombó y dejó cada pieza hecha mierda. Un-fra-ca-so. Y es que, aunque había comenzando a crecer de alguna manera, de la otra estaba todavía muy, muy verde.

Y otra vez, estaba sufriendo. Hice el ridículo, empecé a pensar que mis obras no estaban tan padres y que no tenía ninguna oportunidad, porque ya no sólo quería ser una transeúnde en el mundo del arte. Quería ser artista, en toda la regla, y entonces miles de cosas me vinieron a la cabeza durante ese lapso de un año: ¿Por qué mi técnica no está tan bien? ¿Por qué no me invitan a otras exposiciones? ¿Puedo vender mis cuadros? ¿Está bien si vendo una impresión a $250 pesos?

*Inserte deseos de autoaniquilación.*

Si algo me molesta, es achacarle la culpa de mis errores a mi edad. No, señores, la edad no tiene qué ver. Si tú haces algo mal hecho, sin corazón ni pasión, así tengas 15 o 70 años, vas a hacer pura mierda si desde el fondo trabajas con mierda. Tienes que conseguir buenos materiales (pasión, amor, paciencia, perseverancia) y echar a un lado los baratos (soberbia, envidia, pereza y abandono a medio camino). Porque hacer menos el trabajo de otros no hace el tuyo más grande, ni envidiar las habilidades de los demás hará las tuyas mejores. Así que, dije que era hora de chingarle el doble. Hice cosas así:


 Y luego, como por arte de magia (magia que tardó tres años), exposición individual en Estados Unidos, Chiapas y Aguascalientes. Fue mucho más decente, vendí obra a un precio razonable y después, vinieron grandes cosas tanto buenas como malas que me ayudaron a crecer. Y poco a poco, empecé a tener miedos "de adultos": ¿Y de qué voy a vivir? ¿Puedo mantenerme vendiendo sólo obras y haciendo exposiciones de vez en cuando?

Fue entonces cuando opté por volverme diseñadora gráfica y estudiar en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ja, bonita diseñadora, que nunca iba a clases y faltaba semanas por ir a hacer exposiciones a otros estados. Y, aunque puede parecer que era una vida de ensueño, hoy en día me arrepiento un poco de no haberle metido más trabajo a esas clases, porque podrían estarme sacando de un apuro hoy en día. Al fin y al cabo, del diseño gráfico estoy viviendo.

Pero no, no hermanos, en ese tiempo yo ya me sentía en la cúspide: A los 19 años ya estaba dando mi primera conferencia en el Tec de Monterrey, en Aguascalientes, y yo decía ¡Estoy logrando grandes cosas! ¡Me estoy haciendo un nombre como artista y...! Y no. NO.

La conferencia fue un deja vu: mis discursos, un asco, sin sentido ni hilo. La plática duraba una hora y yo la acabé en veinte minutos, así que tenía otros cuarenta para demostrar que no tenía nada útil qué decir. Creo que hasta vi a alguien dormirse al fondo, no lo sé, estaba nerviosa y temblando como una hoja ante el montón de caras interrogantes, porque NADIE sabía de lo que yo estaba hablando. Había mucho apoyo de mis colegas universitarios (todos unos campeones, de esa generación salió gente talentosísima), pero a pesar de los halagos, en el fondo yo no estaba satisfecha.

Para mi ver, había vuelto a hacer el ridículo. Y suspiré y suspiré, porque otra vez, me iba a poner a sufrir.Ya no quería exposiciones, ya no quería conferencias, ya no quería nada. Y para colmo de males, otra vez tenía complejos respecto a mi técnica, a pesar de que mi trabajo había crecido mucho:


 ¿Saben que fue lo único que me sacó a flote a pesar de la decepción y la desesperación?

¿Mi valentía? Nah. ¿Mi sed de crecimiento espiritual? Ni madres. Fue mi TERQUEDAD. Así de humana, común y real soy. Dolida, me levanté de nuevo y, tal cual uno se despierta para irse al trabajo, me dije a mí misma: "Ni modo. A chingarle otra vez, como si fuese desde el principio".

Y después, vino algo muy brutal: el rechazo. Y no el mío, sino el del mundo.

Mi obra se volvió un pelito más conocida, aparecía en blogs de arte y cultura y me hacían entrevistas con regularidad, pero todo eso ayudó a que me empezaran a llegar las críticas y las mentadas de madres como si las hubiese mandado a pedir por mayoreo.

"Tu obra es una copia de..." "Está más chida la de..." "Pero te falta que..." "No eres nadie si no has expuesto en..." "¿Y qué premios te has ganado o qué?" "El arte digital no es arte porque..."

Algunas críticas fueron buenísimas, me ayudaron mucho a crecer, a ser mejor persona y artista, a poner los pies en la realidad. Pero otras, de plano, eran para echarme por tierra, para hacerme sentir menos y para otros poderse sentir más. Y fue entonces que aprendí que, así como yo pude haber sido envidiosa y soberbia en el pasado, había gente que también podía serlo, y no en silencio, sino a pulmón y pluma abierta. Descubrí que había cosas muy podridas allá afuera, y como venía pasándome desde los últimos cuatro años, dejé que todo eso me destrozara. Que yo mismo destrozara lo que tenía y lo que estaba logrando:




 Dejé que el rechazo me doblegara en vez de tomarlo como un entrenamiento, como una práctica para mi estómago, para que pudiera aguantarlo todo y seguir siendo feliz. Mi última serie formal fue expuesta en el año 2011, y de allí a los siguientes dos años, expuse colecciones campechaneadas e hice pocas obras por año, más que nada, porque el tiempo que tenía para concentrarme en crear cosas nuevas estaba reduciéndose drásticamente.

Tengo la seguridad de que habría abandonado todo si no hubiese tenido una pasión verdadera por mis obras, porque a pesar de esa inseguridad, amaba intensamente lo que hacía, y lo que esas cosas me hacían sentir. Y ese amor nunca me dejó tocar el fondo de la cuesta abajo, aun estando hasta los oídos de lodo y humillación.

Y en un parpadear, llegó el 2014. Habían pasado seis años desde aquella exposición de fotos mal impresas y pegadas en cartón de huevo. Ahora tenía un currículum insípido de quién sabe que tantos países y ciudades con exposiciones, pero nada más. Nada, porque el trabajo, los problemas económicos y muchas otras cosas habían arrancado aquel espacio tan importante que le había otorgado a mi obra. Así que, después de la paliza que me había dado el rechazo y la autocompasión, tuve que levantarme de nuevo, porque para mí ya no había otra cosa que podía hacer más que esto:


 Con el corazón en la mano, abrí mi sexta serie expositiva, titulada "VMBRA" (Umbra), inspirada en una novela que tenía ya bastante tiempo queriendo escribir. Y esta pequeña serie, expuesta en Aguascalientes y movida después a Guadalajara, me impulsó a cambiar mi vida de nuevo. A encender otra vez la pasión que tengo por crear.

Ya no estoy haciendo exposiciones internacionales ni conferencias, más por falta de dinero y propuestas que otra cosa, pero ya no siento dolor, ni sufrimiento cuando no tengo eventos, o cuando un cuadro no sale perfecto o cuando me hacen una crítica fuerte, porque llega el punto en el que dejas de demostrarle a los demás y hasta a ti mismo lo que vales y empiezas a amar lo que haces por lo que es, no por el lugar al que te va a llevar. Así, humilde y pequeño, empiezas a ser feliz de verdad.

¿Les digo algo? Ser artista es desgarrador, doloroso y fatigante, te dan ganas de esconderte en un agujero o darte un tiro de vez en cuando... pero es la cosa más chingona que me ha pasado como persona; el tener la oportunidad de hacer algo significativo, el poder ser LIBRE a tu manera y de crear cosas, criaturas y mundos que nadie más puede ver ni entender y que, por ende, son totalmente TUYOS.

¿Y saben qué es lo maravilloso y a la vez jodido de todo? Que quiero hacer otra vez este ciclo, esta rueda de sueños y desilusiones que arrancan las ganas de vivir y te quitan años de la cara y el alma, pero ahora, siendo escritora.

No es que de repente hubiese querido serlo. Es que hay un hambre en mí que, afortunadamente, nunca puedo llenar más que con cosas que cultivo por mí misma.

Una madrugada, mientras acudía al funeral de un tío mío que falleció por beber demasiado, me dio una epifanía. Antes de ser artista, escribía, escribía cuentos, pequeños fics, pequeños poemas y relatos que fui dejando conforme me metí en el mundo del arte. Después, me vi invadida por un miedo atroz: miedo al haberme equivocado, al saber que tal vez di una vuelta incorrecta y que sepulté un sueño que tal vez debí haber regado con más cuidado, pero que estuve dejando solo, porque estaba alimentando otra plantita, otro sueño, ese de ser artista.

No quiero ser la siguiente Rowling. Quiero crear el universo en el que siempre quise sumergirme a través de unas páginas. Quiero crear cosas que me gustan, libros que me apasionen, quiero... devorarme el mundo de un golpe y largarme derechito a mi tumba gritando a los cuatro vientos que no me quedé con ganas de nada.

Y ahora que me siento cómoda con mi obra, sabiendo que sólo resta sacarla adelante porque no voy a dar un paso atrás, he decidido ponerme esa otra pistola en la mano, la de la escritura, para tener dos armas de dónde tirarme a la cabeza o a lo que se me ponga enfrente. Y sé que, a pesar del sufrimiento y el rechazo en este nuevo camino, porque no tengo ni idea de lo que me depara, también soy consciente de que esta vida, sin riesgos y sin deseos de perseguir aquello que nos hace sentir VIVOS, no vale la pena.

2 comentarios:

  1. Gracias por compartirnos aspectos tan personales de tu vida y pensamiento. El arte no puede venir de la felicidad, el arte aniquila y consume, el arte hace que cada día mueras y vuelvas a nacer, solo el arte te da esa oportunidad. Sigue cavando, sigue arañando, aunque tarde o temprano te darás cuenta que solo dejaste tierra detrás, y no hay avance, el camino del artista es callejón sin salida.

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    1. ¡Muchas gracias, Héctor! Te voy a compartir un fragmento que acabo de leer y que me gustó muchísimo: "Se me hacen ingenuos y ridículos los escritores (buenos, malos, geniales, consagrados, premiados, becados, reconocidos, alabados o desconocidos) que creen que la literatura es algo inmortal, etéreo e inmortal, que los hará vivir por siempre: cuando su viejo cuerpo termine de romperse y suspiren sus últimos poemas, su gran “Obra” literaria los precederá y los hará pasar a la historia y serán inmortales y adorados por siempre.

      Bueno, es una mamada. No se lo crean, la literatura y el arte es valiosa justamente por lo contrario, por que vive en el presente y nos permite comunicarnos y expresar la belleza y el dolor aquí y ahora. No hay nada inmortal: ni si quiera el sol."

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